A partir del final de la segunda guerra mundial
se presentan a los arquitectos tareas de la máxima envergadura:
la reconstrucción de las ciudades europeas europeas destruidas,
la creación de centros culturales y comerciales en las
grandes urbes norteamericanas, la fundación de nuevas capitales
en Asia (Chandigard) y en Suramérica (Brasilia).
La técnica de grandes conjuntos sucedió
a la edificación aislada de los años de entreguerras.
Este cambio se manifiesta claramente en la interacción
que comienza a darse entre la arquitectura tradicional de edificios
y la arquitectura de comunicaciones (puentes, autopistas, aeropuertos),
con lo que el arquitecto pasa a actuar en la planificación
del paisaje y el espacio.
Se ponen a revisión los principios desarrollados
por la arquitectura de los años veinte y treinta. En el
transcurso de este proceso el funcionalismo que se atribuía
al ángulo recto experimenta un considerable retroceso.
La reflexión creadora se vuelve cada vez más hacia
una nueva interpretación de la arquitectura orgánica.
Entre tanto, Mies Van Der Rohe, que en 1937 emigró a los
Estados Unidos, ha llevado los rascacielos hasta un nivel de refinamiento
estructural en el que se compaginan, dentro de una solución
clásica, la función, la producción técnicamente
normalizada y la invención de formas. Con ello esta tendencia
de la arquitectura parece haber alcanzado su punto culminante.
Consideraciones de orden técnico y práctico, como
son la producción en serie y el crecimiento demográfico,
aconsejan que siga utilizándose la edificación celular,
resuelta según el sistema riguroso de verticales y horizontales,
en aquellos lugares donde hayan de alojarse grandes concentraciones
humanas, esto es, edificios de oficinas y edificios de viviendas.
Como ventajas de este procedimiento se señala un mayor
número de zonas verdes y de espacio para el tráfico.
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Fuente Wikipedia.